viernes, 8 de febrero de 2013

Para saber sobre las llamadas "malas palabras"



¿Y las malas palabras?[1]

 Érase un tiempo cuando no existían las malas palabras. Todas eran buenas. O todas malas. Que da lo mismo. Porque no existían dos vocabularios para nombrar las mismas cosas. En aquel tiempo todo el mundo hablaba en vulgar, porque todo el mundo era vulgo[2].  Cuando comienza a dividirse la sociedad, comienza a dividirse también la lengua. El grupo dominante toma prestadas palabras de otros idiomas o de las ciencias. Y así se va distinguiendo del pueblo trabajador. Su manera de hablar se convierte en el idioma correcto y aceptado. El pueblo sigue hablando como siempre. Pero, según las nuevas normas, esto ya no es decente. Y así llegó un momento en que el pueblo seguía hablando de cagar y joder. La élite, ya no. Ella hacía del vientre y tenía relaciones sexuales. Y de refilón, quedaba horrorizada cuando escuchaba cómo lo decía la chusma.  En nuestra cultura occidental hubo otro elemento que complicó el asunto. La filosofía griega —el maniqueísmo— dividía la persona humana en dos partes: el alma y el cuerpo. El alma era de arriba, espiritual y limpia. El cuerpo era de abajo, material y sucio. Por supuesto, las partes más bajas del  cuerpo, las menos controladas por el espíritu, caían en desgracia. Eran las partes menos honrosas que no debían ser vistas ni mencionadas. Aquella filosofía griega contaminó el cristianismo europeo.
Éste se hizo todavía más oscuro en la España medieval. De aquella España nos llegó luego ese cristianismo adulterado, con sus miedos y prejuicios y con su moral puritana.
El caso llegó a tal extremo que, todavía a comienzos del siglo XX, ni siquiera se podía hablar de los calzones ni de los sostenes. Y la palabra muslo se consideraba vulgar en algunos ambientes europeos. Claro, lo único que se veía del cuerpo en aquellos tiempos era la cara y las manos. Y hasta  éstas se cubrían con guantes y velo. Ni siquiera los tobillos podían tomar el sol.
En realidad, las malas palabras no constituyen un problema moral, ni siquiera de buenos o malos modales. Lo que hay en el fondo son las clases sociales. Quizás podamos encontrar esa raíz social en  algunos de los términos que usamos para calificar las buenas y malas palabras. Por ejemplo, cortesía  viene de corte. Era la manera de ser de los que formaban la corte del rey o del noble: los cortesanos,  los caballeros (los que montaban a caballo). Ellos eran corteses. Los demás, los siervos, los que andaban montados en burro, por supuesto que no.
Urbanidad es la manera de ser de la urbe, de la ciudad. Se suponía que en la ciudad vivía la gente más civilizada. Civilizado significa hecho al modo de la ciudad. En ese sentido, al campo le faltaba la urbanidad y la civilización. El campo se llamaba la villa o el pago. Allí vivían los villanos (salteadores) o los paganos (que no creían en Dios).
Vulgaridad es otra palabra cargada. El vulgo era el pueblo trabajador en la antigua Roma. Entonces, vulgar era lo mismo que popular. Lo mismo pasa con grosero, que originalmente quería decir grueso, pesado: lo contrario de fino, delicado. Los pobres hacían los trabajos pesados o groseros. Y lo que hablaban era grosero también: groserías. Los ricos podían dedicarse a los trabajos finos, a las artes delicadas, con sus manos sin callos. Por eso, también hablaban con más finura. En fin, basta la muestra. Son obvias las diferencias sociales que están en el origen de las llamadas malas palabras.
Ocurre también que estas malas palabras varían de un lugar a otro. Lo que es palabra inocente aquí, es grosería allá. Y el extranjero desprevenido mete la pata a cada rato. En Cuba, se coge la guagua (se sube al autobús). Mejor no lo digas así en Argentina. En Panamá, los niños juegan con conchas en la playa. Que no lo hagan en Uruguay. En Chile, no conviene decir que se pinchó una llanta o que vas a abrir el camino a pico y pala. No le pidas el pan a una señora en Santa Cruz de la Sierra. Pídele horneado. En Guatemala, le dicen chucha a una perrita. Y en el Caribe es el apodo cariñoso del nombre María de Jesús. Pero no lo digas en el Ecuador. Pendejo quiere decir bobo en todas partes, menos en el Perú, donde es el mote del vivo. En Dominicana, carajo se ha vuelto palabra de uso cotidiano. Pero en Bolivia, basta usarla una vez para perder la fama. Y culo, tan familiar en España, te gana una bofetada en la mayoría de los países latinoamericanos.
Querámoslo o no, las famosas vulgaridades o groserías están extendidas por todas partes y son más comunes que las moscas. Y cada vez son más aceptadas, van formando parte del lenguaje corriente: en el teatro, en las novelas, en el cine y en otros medios de comunicación.
Y en la radio, ¿cómo tratar este asunto? Una cosa es saber el origen de las malas palabras y otra cosa es comenzar a usarlas sin ningún criterio, o sólo porque son de origen popular. Sin duda, la misma gente que emplea libremente ciertas vulgaridades con los amigos, se va a ofender cuando las escuche en la radio. Es que las reglas del buen hablar están metidas en nuestra cabeza y forman parte de nuestro sistema nervioso. No se trata de escandalizar o de hacernos los malcriados.
¿Significa, entonces, que jamás podrá oírse una grosería por la radio? Tampoco así. Por supuesto, la primera regla será la de respetar la sensibilidad de nuestra gente, que varía de un lugar a otro.
Y varía de un formato a otro (en un sociodrama se va a permitir mucho más que en un noticiero).
Tomando esto en cuenta, iremos, poco a poco, abriendo la puerta prohibida y rompiendo el mito de las malas palabras. Con prudencia y humor, algún día levantaremos la censura de lengua que los de arriba impusieron al resto de los mortales, para sentirse superiores y más puros. Algún día, quizás podremos volver a la verdadera pureza de un lenguaje sencillo y único, sin doblez. Como el lenguaje de la Biblia, que dice las cosas sin tapujos, y donde el mismo Dios no tiene dificultad en echar sus buenos hijueputazos a los fariseos de hoy y de siempre.

Extraído de MANUAL URGENTE PARA RADIALISTAS APASIONADOS
De José Ignacio López Vigil



[1] El texto que sigue tiene como autor a Andrés Geerts, compañero de muchas luchas radiofónicas. Él lo escribió en Quito, en 1988. Se lo censuraron e incineraron la edición. Las razones de la censura fueron las demasiadas groserías que empleaba para hablar sobre las groserías. Léanlo y juzguen si mereció tal prohibición.
[2] Vulgo en latín significa pueblo.

lunes, 28 de enero de 2013

APRENDIZAJE UBICUO

"El aprendizaje ubicuo representa un nuevo paradigma educativo que en buena parte es posible gracias a los nuevos medios digitales. (...)
"El mundo se está transformando a gran velocidad, estamos pasando de una economía
industrial a otra basada en la información y orientada por los medios. A medida que el
mundo que nos rodea se hace más pequeño, y la comunicación y los medios se hacen
más globales y difusos, la naturaleza de la sociedad, y de nosotros mismos en tanto
seres humanos, se está definiendo rápidamente en base a nuestra capacidad para ser
consumidores pero también productores de conocimiento. La naturaleza del
conocimiento –cómo se crea y quién lo crea-, así como los espacios en que es posible
encontrarlo están evolucionando vertiginosamente. El desarrollo tecnológico posibilita
que prácticamente cualquier persona puede producir y diseminar información, de
modo que el aprendizaje puede tener lugar en cualquier momento y en cualquier
lugar. Esta noción de “en cualquier momento/en cualquier lugar” aparece a menudo
descrita como “ubicua” en la literatura sobre TIC (Tecnologías de la información y la
Comunicación). Al hablar de computación ubicua podemos referirnos al uso de la
tecnología para cerrar brechas temporales y espaciales, hacer confluir lo físico y lo
virtual o bien sacar el uso de los ordenadores de oficinas y despachos para que exista
en los espacios sociales y públicos a través de dispositivos portátiles. Sin embargo, si
nos enfocamos en el aprendizaje, y en la creciente prevalencia de actividades de
construcción de conocimiento que tienen lugar en entornos online, tanto por parte de
expertos como de principiantes, es aconsejable ampliar la definición de “ubicuo” para
que incluya la idea de que los aprendices pueden contribuir al conocimiento sobre
“cualquier cosa” e igualmente que “cualquier persona” puede experimentar
aprendizaje”.  (...)
"Un individuo no es lo que sabe sino lo que puede saber, el conocimiento está al alcance de la mano porque está en el dispositivo que la persona tiene en su mano" (...) "podemos hablar sin problemas de que estos  dispositivos se han convertido en una extensión de nuestra mente. Algo pasa en nuestra mente cuando ya no tenemos que recordar números telefónicos porque los tenemos almacenados en la memoria del móvil –el móvil los recuerda por nosotros. Se
ha convertido en una extensión indispensable de nuestra mente. Esto debería llevar de
inmediato a la desaparición de los exámenes a libro cerrado. Los educadores tienen que pensar en nuevas formas de evaluar las capacidades de los aprendices, ya que en este nuevo entorno lo importante no es saber, sino saber cómo saber."
(...) "En el aula tradicional, el profesor y la pizarra están de frente a la clase. Los estudiantes
se sientan en filas, escuchan, responden preguntas (de una en una), leen en silencio
sus libros de texto y hacen las tareas del libro de ejercicios. La comunicación lateral
estudiante-estudiante no es posible, mucho menos deseable, ya que se podría
interpretar como una pérdida de tiempo fraudulenta. Lo que subyace a esta  disposición es un cierto tipo de disciplina (escuchar al profesor, leer la autoridad que representa el libro de texto), y una relación particular con el conocimiento (estos son los hechos y las teorías que tienes que saber, esta es la literatura que va a elevar tu espíritu, esta es la historia de la que tienes que extraer ejemplo). Este tipo de educación tuvo sentido en un cierto tipo de sociedad, un mundo en el que los supervisores dan las órdenes a gritos o te piden que rehagas un informe en nombre de una supuesta mayor productividad laboral, un mundo en el que los medios de comunicación deciden las noticias que se supone que son importantes, un mundo en el que todos consumen los mismos bienes producidos en masa y en el que unos pocos
han decidido lo que nos conviene. Los autores escriben y los lectores leen; las cadenas
de televisión producen y los espectadores miran; los políticos marcan el rumbo y la
gente los sigue; los jefes mandan y los trabajadores obedecen. Un mundo de dictados
y servidumbre. 
 Hoy en día, los equilibrios han cambiado en muchos ámbitos de nuestra vida. Los
empresarios intentan que los trabajadores se auto-organicen en equipos, que se
sumen a la “cultura” corporativa y asuman la visión y la misión de la organización.
Ahora es el cliente el que tiene razón, y son los productos y servicios los que tienen
que adaptarse para satisfacer sus particulares necesidades prácticas y sus tendencias
estéticas. En los nuevos medios de comunicación, la computación ubicua ha traído
consigo enormes transformaciones. No hay ninguna necesidad de escuchar “Los 40
principales” cuando uno puede hacerse su propia lista de reproducción en el iPod. No
hay ninguna necesidad de aceptar la autoridad de una entrada de la Wikipedia, cuando
uno mismo puede modificarla, o como mínimo ver lo que dicen otras personas sobre el
estado de conocimiento de un determinado tema. No hay ninguna necesidad de
aceptar los ángulos de cámara que un productor de eventos deportivos ofrece, cuando
uno puede elegir su propia televisión interactiva. No hay motivo ninguno para ver lo
que emiten las cadenas de TV, cuando uno mismo puede elegir en YouTube lo que le
interesa, comentarlo y, en su caso, montar y subir su propio contenido audiovisual. No
hay ninguna necesidad de relacionarse indirectamente con una narración, cuando se
puede ser agente activo de un videojuego (Gee 2003; Gee 2005).
Haythornthwaite llama a esto “nuevo orden relacional”. Este nuevo orden funciona del
mismo modo en el aprendizaje. No hay ninguna necesidad de ser receptores pasivos
de conocimiento, cuando estudiantes y profesores pueden colaborar en el diseño del
conocimiento. Hay muchas fuentes de conocimiento, que con frecuencia están en
problemático desacuerdo entre ellas mismas; tenemos que encontrar la forma de
evitar esto. Hay muchos sitios y modalidades de conocimiento, y tenemos que sacarlas
a la luz para ser capaces de darle sentido a las cosas por nosotros mismos. Puede
haber ciertos corpus de conocimiento ampliamente aceptados, de modo que su
autoridad sea incuestionable, pero esto sólo se aplica en circunstancias específicas y
locales: sólo podemos hacerlo en nuestro propio espacio y en nuestro propio tiempo.
Estamos ante un fenómeno por el que se difuminan las diferencias entre profesores y
estudiantes, entre generadores de conocimiento y usuarios de conocimiento. En este
entorno, habrá que pedirles a los profesores que sean más receptivos, no menos. La
autoridad no se generará mediante un control asumido normativamente, sino a través
de la competencia."



Extraído de  COPE, BILL y KALANTZIS, M. (2009) Aprendizaje ubicuo. Disponible en:http://www.nodosele.com/blog/wp-content/uploads/2010/03/Cope_Kalantzis.Aprendizajeubicuo.pdf

lunes, 31 de diciembre de 2012

Justicia curricular para la Justicia social




En nuestro sistema educativo se está produciendo una transformación innegable a partir de la llegada de las netbooks del Programa Conectar Igualdad. Pero dicha transformación requiere de un fuerte compromiso de los docentes que tenemos que tener muy en claro que la educación enciclopedista y bancaria ya no sirve más. Que la verdadera función de la escuela debe ser permitir que todos estén dentro aprendiendo pero respetando la diversidad que no es darles a todos lo mismo ni igualarlos en oportunidades. Sino que la verdadera igualdad es la que pone a todos en posiciones de poder, poder hacer, poder llegar. Porque todos somos iguales en derechos pero muy diversos en intereses, culturas, historias y trayectorias formativas. No queremos una escuela homogeinizadora sino una que valore las diferencias y a partir de ellas se enriquezca. No queremos una escuela que nos enseñe a resolver solos todos los problemas sino una que nos permita resolverlos juntos. Porque una sociedad se construye con todos y cada uno tiene algo para aportar. Una escuela inclusiva no es la que mete a todos adentro sino la que tiende manos para que todos logren un lugar. Si partimos de un curriculum elitista tendremos una escuela de elite, si partimos de un curriculum accesible a todos, todos podrán aprehenderlo. Si partimos de los intereses del maestro dejamos afuera del proceso al verdadero protagonista del aprendizaje que es el aprendiz. Necesitamos una pedagogía que ponga al joven en el centro de la escena educativa, que privilegie sus intereses, sus deseos, sus necesidades, que parta de su historia, de su contexto, de lo que sabe, que lo haga protagonista. Desde el 2003 estamos viviendo tiempos de transformaciones profundas en lo económico, en lo político, en lo social y en lo educativo. Para alcanzar la Justicia Social que todos soñamos necesitamos Justicia educativa, es decir, patear el tablero y poner a todos en igualdad de posiciones. Porque con llevarlos a todos a la cancha a ver el partido no es suficiente si no nos aseguramos que todos lo puedan ver y además tenemos que propiciar que también todos puedan jugar el partido, sino es una farsa que reproduce las desigualdades. Una sociedad justa es aquella donde todos pueden y ocupan lugares de poder.
Para transformar la sociedad necesitamos transformar la escuela. Para alcanzar la Justicia Social necesitamos empezar por la Justicia curricular que nos llevará a la Justicia Educativa. Este  concepto de “justicia curricular” que pertenece a Connel*  hace referencia a  la posibilidad de garantizar el derecho a la educación de todos posicionando a los sectores populares como el eje de las políticas educativas y como el centro de la educación. Es decir que el punto de partida para la elaboración del curriculum tienen que ser los sectores populares. Esto cambia las reglas del juego y pone a todos en posición de igualdad.[i]  Las imágenes que ilustran la nota me parecen que representan estos conceptos.
De este tema y otras cuestiones que nos lleven para repensar la escuela y las prácticas docentes trata el Marco político pedagógico de la Especialización de nivel Superior en Educación y TIC del cual soy tutora.
Un trabajo que me gusta mucho.




[i] Wanger, Elizabeth y Lavari, Mariana (2012), “Clase 1: Educación secundaria obligatoria y derecho a la educación”, Marco político-pedagógico, Especialización docente de nivel superior en educación y TIC, Buenos  Aires, Ministerio de Educación de la Nación.
* Connel, R. W, Escuelas y justicia social. 2006, Madrid, Morata)

domingo, 25 de noviembre de 2012

“Oda heroica a las hermanas Mirabal”



«No hubo blancura igual a su blancura,
nardo, azucena, lirio…magnolia de su carne,
carne hecha para el beso, fue pasto de las balas,
las Mirabal cayeron bajo el plomo cobarde.

No hubo dulzura igual a su dulzura,
los ríos se crecieron para llorar por ellas,
palomas con el pecho florecido en claveles,
las Mirabal cayeron de cara a las estrellas.

Ayudadme a subirlas al pedestal de piedra,
donde grava la historia los nombres de sus mártires,
ayudadme a decir qué cosa grande hicieron
estas mujeres- cíclopes, estas mujeres-ángeles

El ojo de la bestia les siguió la pisada,
ojo y plomo a la espalda, como hacen los cobardes,
la tierra abrió los brazos para ceñir sus cuerpos,
las Mirabal cayeron taladas como árboles…»

 
Las manos del verdugo deshojaron los nardos,
cortaron, como tallos las lenguas silenciadas,
las estrellas besaron su carne por vez última,
Las Mirabal cayeron con el plomo a la espalda.

Mas ya el nardo no es nardo, pues se ha vuelto piedra,
piedra el enhiesto puño. Piedra la frente alta,
piedra el pecho y los ojos y la boca sin lengua.
Las Mirabal cayeron para alzarse en estatuas.

Y sus bocas, sin lenguas, han de seguir hablando,
y sus tres corazones palpitando en la piedra,
perennemente vivas en el alma del pueblo,
Las Mirabal cayeron para volverse eternas.


 Poema épico de la dominicana Carmen Natalia Martínez (fragmento)

martes, 21 de agosto de 2012

El niño proletario


Osvaldo Lamborghini

 
Desde que empieza a dar sus primeros pasos en la vida, el niño proletario sufre las consecuencias de pertenecer a la clase explotada. Nace en una pieza que se cae a pedazos, generalmente con una inmensa herencia alcohólica en la sangre. Mientras la autora de sus días lo echa al mundo, asistida por una curandera vieja y reviciosa, el padre, el autor, entre vómitos que apagan los gemidos lícitos de la parturienta, se emborracha con un vino más denso que la mugre de su miseria.
Me congratulo por eso de no ser obrero, de no haber nacido en un hogar proletario.
El padre borracho y siempre al borde de la desocupación, le pega a su niño con una cadena de pegar, y cuando le habla es sólo para inculcarle ideas asesinas. Desde niño el niño proletario trabaja, saltando de tranvía en tranvía para vender sus periódicos. En la escuela, que nunca termina, es diariamente humillado por sus compañeros ricos. En su hogar, ese antro repulsivo, asiste a la prostitución de su madre, que se deja trincar por los comerciantes del barrio para conservar el fiado.
En mi escuela teníamos a uno, a un niño proletario.
Stroppani era su nombre, pero la maestra de inferior se lo había cambiado por el de ¡Estropeado! A rodillazos llevaba a la Dirección a ¡Estropeado! cada vez que, filtrado por el hambre, ¡Estropeado! no acertaba a entender sus explicaciones. Nosotros nos divertíamos en grande.
Evidentemente, la sociedad burguesa, se complace en torturar al nino proletario, esa baba, esa larva criada en medio de la idiotez y del terror.
Con el correr de los años el niño proletario se convierte en hombre proletario y vale menos que una cosa. Contrae sífilis y, enseguida que la contrae, siente el irresistible impulso de casarse para perpetuar la enfermedad a través de las generaciones. Como la única herencia que puede dejar es la de sus chancros jamás se abstiene de dejarla. Hace cuantas veces puede la bestia de dos espaldas con su esposa ilícita, y así, gracias a una alquimia que aún no puedo llegar a entender (o que tal vez nunca llegaré a entender), su semen se convierte en venéreos niños proletarios. De esa manera se cierra el círculo, exasperadamente se completa.
¡Estropeado!, con su pantaloncito sostenido por un solo tirador de trapo y los periódicos bajo el brazo, venía sin vernos caminando hacia nosotros, tres niños burgueses: Esteban, Gustavo, yo.
La execración de los obreros también nosotros la llevamos en la sangre.
Gustavo adelantó la rueda de su bicicleta azul y así ocupó toda la vereda. ¡Estropeado! hubo de parar y nos miró con ojos azorados, inquiriendo con la mirada a qué nueva humillación debía someterse. Nosotros tampoco lo sabíamos aún pero empezamos por incendiarle los periódicos y arrancarle las monedas ganadas del fondo destrozado de sus bolsillos. ¡Estropeado! nos miraba inquiriendo con la cara blanca de terror
oh por ese color blanco de terror en las caras odiadas, en las fachas obreras más odiadas, por verlo aparecer sin desaparición nosotros hubiéramos donado nuestros palacios multicolores, la atmósfera que nos envolvía de dorado color.
A empujones y patadas zambullimos a ¡Estropeado! en el fondo de una zanja de agua escasa. Chapoteaba de bruces ahí, con la cara manchada de barro, y. Nuestro delirio iba en aumento. La cara de Gustavo aparecía contraída por un espasmo de agónico placer. Esteban alcanzó un pedazo cortante de vidrio triangular. Los tres nos zambullimos en la zanja. Gustavo, con el brazo que le terminaba en un vidrio triangular en alto, se aproximó a ¡Estropeado!, y lo miró. Yo me aferraba a mis testículos por miedo a mi propio placer, temeroso de mi propio ululante, agónico placer. Gustavo le tajeó la cara al niño proletario de arriba hacia abajo y después ahondó lateralmente los labios de la herida. Esteban y yo ululábamos. Gustavo se sostenía el brazo del vidrio con la otra mano para aumentar la fuerza de la incisión.
No desfallecer, Gustavo, no desfallecer.
Nosotros quisiéramos morir así, cuando el goce y la venganza se penetran y llegan a su culminación.
Porque el goce llama al goce, llama a la venganza, llama a la culminación.
Porque Gustavo parecía, al sol, exhibir una espada espejeante con destellos que también a nosotros venían a herirnos en los ojos y en los órganos del goce.
Porque el goce ya estaba decretado ahí, por decreto, en ese pantaloncito sostenido por un solo tirador de trapo gris, mugriento y desflecado.
Esteban se lo arrancó y quedaron al aire las nalgas sin calzoncillos, amargamente desnutridas del niño proletario. El goce estaba ahí, ya decretado, y Esteban, Esteban de un solo manotazo, arrancó el sucio tirador. Pero fue Gustavo quien se le echó encima primero, el primero que arremetió contra el cuerpiño de ¡Estropeado!, Gustavo, quien nos lideraría luego en la edad madura, todos estos años de fracasada, estropeada pasión: él primero, clavó primero el vidrio triangular donde empezaba la raya del trasero de ¡Estropeado! y prolongó el tajo natural. Salió la sangre esparcida hacia arriba y hacia abajo, iluminada por el sol, y el agujero del ano quedó húmedo sin esfuerzo como para facilitar el acto que preparábamos. Y fue Gustavo, Gustavo el que lo traspasó primero con su falo, enorme para su edad, demasiado filoso para el amor.
Esteban y yo nos conteníamos ásperamente, con las gargantas bloqueadas por un silencio de ansiedad, desesperación. Esteban y yo. Con los falos enardecidos en las manos esperábamos y esperábamos, mientras Gustavo daba brincos que taladraban a ¡Estropeado! y ¡Estropeado! no podía gritar, ni siquiera gritar, porque su boca era firmernente hundida en el barro por la mano fuerte militari de Gustavo.
A Esteban se le contrajo el estómago a raíz de la ansiedad y luego de la arcada desalojó algo del estómago, algo que cayó a mis pies. Era un espléndido conjunto de objetos brillantes, ricamente ornamentados, espejeantes al sol. Me agaché, lo incorporé a mi estómago, y Esteban entendió mi hermanación. Se arrojó a mis brazos y yo me bajé los pantalones. Por el ano desocupé. Desalojé una masa luminosa que enceguecía con el sol. Esteban la comió y a sus brazos hermanados me arrojé.
Mientras tanto ¡Estropeado! se ahogaba en el barro, con su ano opaco rasgado por el falo de Gustavo, quien por fin tuvo su goce con un alarido. La inocencia del justiciero placer.
Esteban y yo nos precipitamos sobre el inmundo cuerpo abandonado. Esteban le enterró el falo, recóndito, fecal, y yo le horadé un pie con un punzón a través de la suela de soga de alpargata. Pero no me contentaba tristemente con eso. Le corté uno a uno los dedos mugrientos de los pies, malolientes de los pies, que ya de nada irían a servirle. Nunca más correteos, correteos y saltos de tranvía en tranvía, tranvías amarillos.
Promediaba mi turno pero yo no quería penetrarlo por el ano.
—Yo quiero succión —crují.
Esteban se afanaba en los últimos jadeos. Yo esperaba que Esteban terminara, que la cara de ¡Estropeado! se desuniera del barro para que ¡Estropeado! me lamiera el falo, pero debía entretener la espera, armarme en la tardanza. Entonces todas las cosas que le hice, en la tarde de sol menguante, azul, con el punzón. Le abrí un canal de doble labio en la pierna izquierda hasta que el hueso despreciable y atorrante quedó al desnudo. Era un hueso blanco como todos los demás, pero sus huesos no eran huesos semejantes. Le rebané la mano y vi otro hueso, crispados los nódulosfalanges aferrados, clavados en el barro, mientras Esteban agonizaba a punto de gozar. Con mi corbata roja hice un ensayo en el coello del niño proletario. Cuatro tirones rápidos, dolorosos, sin todavía el prístino argénteo fin de muerte. Todavía escabullirse literalmente en la tardanza.
Gustavo pedía a gritos por su parte un fino pañuelo de batista. Quería limpiarse la arremolinada materia fecal conque ¡Estropeado! le ensuciara la punta rósea hiriente de su falo. Parece que ¡Estropeado! se cagó. Era enorme y agresivo entre paréntesis el falo de Gustavo. Con entera independencia y solo se movía, así, y así, cabezadas y embestidas. Tensaba para colmo los labios delgados de su boca como si ya mismo y sin tardanza fuera a aullar. Y el sol se ponía, el sol que se ponía, ponía. Nos iluminaban los últimos rayos en la rompiente tarde azul. Cada cosa que se rompe y adentro que se rompe y afuera que se rompe, adentro y afuera, adentro y afuera, entra y sale que se rompe, lívido Gustavo miraba el sol que se moría y reclamaba aquel pañuelo de batista, bordado y maternal. Yo le di para calmarlo mi pañuelo de batista donde el rostro de mi madre augusta estaba bordado, rodeado por una esplendente aureola como de fingidos rayos, en tanto que tantas veces sequé mis lágrimas en ese mismo pañuelo, y sobre él volqué, años después, mi primera y trémula eyaculación.
Porque la venganza llama al goce y el goce a la venganza pero no en cualquier vagina y es preferible que en ninguna. Con mi pañuelo de batista en la mano Gustavo se limpió su punta agresiva y así me lo devolvió rojo sangre y marrón. Mi lengua lo limpió en un segundo, hasta devolverle al paño la cara augusta, el retrato con un collar de perlas en el cuello, eh. Con un collar en el cuello. Justo ahí.
Descansaba Esteban mirando el aire después de gozar y era mi turno. Yo me acerqué a la forma de ¡Estropeado! medio sepultada en el barro y la di vuelta con el pie. En la cara brillaba el tajo obra del vidrio triangular. El ombligo de raquítico lucía lívido azulado. Tenía los brazos y las piernas encogidos, como si ahora y todavía, después de la derrota, intentara protegerse del asalto. Reflejo que no pudo tener en su momento condenado por la clase. Con el punzón le alargué el ombligo de otro tajo. Manó la sangre entre los dedos de sus manos. En el estilo más feroz el punzón le vació los ojos con dos y sólo dos golpes exactos. Me felicitó Gustavo y Esteban abandonó el gesto de contemplar el vidrio esférico del sol para felicitar. Me agaché. Conecté el falo a la boca respirante de ¡Estropeado! Con los cinco dedos de la mano imité la forma de la fusta. A fustazos le arranqué tiras de la piel de la cara a ¡Estropeado! y le impartí la parca orden:
—Habrás de lamerlo. Succión—
¡Estropeado! se puso a lamerlo. Con escasas fuerzas, como si temiera hacerme daño, aumentándome el placer.
A otra cosa. La verdad nunca una muerte logró afectarme. Los que dije querer y que murieron, y si es que alguna vez lo dije, incluso camaradas, al irse me regalaron un claro sentimiento de liberación. Era un espacio en blanco aquel que se extendía para mi crujir.
Era un espacio en blanco.
Era un espacio en blanco.
Era un espacio en blanco.
Pero también vendrá por mí. Mi muerte será otro parto solitario del que ni sé siquiera si conservo memoria.
Desde la torre fría y de vidrio . De sde donde he con templado después el trabajo de los jornaleros tendiendo las vías del nuevo ferrocarril. Desde la torre erigida como si yo alguna vez pudiera estar erecto. Los cuerpos se aplanaban con paciencia sobre las labores de encargo. La muerte plana, aplanada, que me dejaba vacío y crispado. Yo soy aquel que ayer nomás decía y eso es lo que digo. La exasperación no me abandonó nunca y mi estilo lo confirma letra por letra.
Desde este ángulo de agonía la muerte de un niño proletario es un hecho perfectamente lógico y natural. Es un hecho perfecto.
Los despojos de ¡Estropeado! ya no daban para más. Mi mano los palpaba mientras él me lamía el falo. Con los ojos entrecerrados y a punto de gozar yo comprobaba, con una sola recorrida de mi mano, que todo estaba herido ya con exhaustiva precisión. Se ocultaba el sol, le negaba sus rayos a todo un hemisferio y la tarde moría. Descargué mi puño martillo sobre la cabeza achatada de animal de ¡Estropeado!: él me lamía el falo. Impacientes Gustavo y Esteban querían que aquello culminara para de una buena vez por todas: Ejecutar el acto. Empuñé mechones del pelo de ¡Estropeado! y le sacudí la cabeza para acelerar el goce. No podía salir de ahí para entrar al otro acto. Le metí en la boca el punzón para sentir el frío del metal junto a la punta del falo. Hasta que de puro estremecimiento pude gozar. Entonces dejé que se posara sobre el barro la cabeza achatada de animal.
—Ahora hay que ahorcarlo rápido —dijo Gustavo.
—Con un alambre —dijo Estebanñ en la calle de tierra don de empieza el barrio precario de los desocupados.
—Y adiós Stroppani ¡vamos! —dije yo.
Remontamos el cuerpo flojo del niño proletario hasta el lugar indicado. Nos proveímos de un alambre. Gustavo lo ahorcó bajo la luna, joyesca, tirando de los extremos del alambre. La lengua quedó colgante de la boca como en todo caso de estrangulación.

Del libro “Sebregondi retrocede”, de Osvaldo Lamborghini, publicado en 1973 © herederos de Osvaldo Lamborghini